Reflexiones desde uno y otro lado del camino, a propósito de los Tiempos Líquidos.
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lunes, 17 de mayo de 2010

Por una etnología de la soledad o una filosofía de la caída del tiempo

La sala de espera de un hospital o el trayecto diario en el metro, ejemplos de no lugares de los que habla Marc Augé, siempre me han resultado extrañamente inquietantes por la vivencia del tiempo que en ellos es posible sentir. Para ser más preciso diría del “no tiempo” que en ellos acontece (asumo la contradicción de hablar de un acontecimiento de no-tiempo).

El esplendido análisis que realiza Marc Augé de los no lugares como producto de lo que él denomina sobremodernidad, remite a experiencias que todos hemos sentido cuando estamos ante alguno de tales no lugares (otros no lugares serían: los espacios de los aeropuertos, las autopistas, los centros comerciales, los espacios de tránsito de las grandes urbes, etc.):  

“El pasajero de los no lugares hace la experiencia simultánea del presente perpetuo y del encuentro de sí”, “el espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud”, “se viven en el presente”, “el no lugar es lo contrario de la utopía: existe y no postula ninguna sociedad orgánica”...

La soledad y la experiencia del “presente perpetuo” aparecen como productos de los no lugares, como componente esencial de toda existencia social. De ahí, que Marc Augé proponga que los no lugares constituyen, hoy más que nunca, un genuino “espacio antropológico”, y como tal objeto de análisis de la etnología, o mejor aún de una “etnología de la soledad”:

“Ya no hay análisis social que pueda prescindir de los individuos, ni análisis de los individuos que pueda ignorar los espacios por donde ellos transitan... En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos. Habrá, pues, lugar mañana, hay ya quizá lugar hoy, a pesar de la contradicción aparente de los términos para una etnología de la soledad”. Marc Augé, “Los no lugares. Espacios del anonimato”, Editorial Gedisa.

Con todo, la dimensión temporal de los no lugares (anclados en el presente perpetuo) resulta el aspecto que personalmente concibo menos logrado del análisis de Marc Augé, toda vez que la misma se deriva como contraste o contraposición a lo “histórico”, a la posibilidad de historia, de los lugares.

Ciorán, desde sus peculiar visión existencial del ser humano, creo que vislumbró con mayor claridad qué significado hay que dar a la soledad, el presente perpetuo o el no postulamiento de ninguna sociedad orgánica de la que habla Marc Augé a propósito de los no lugares.
La reflexión que Ciorán realiza, como ser humano que “ha caído del tiempo”, brinda un marco que debería ser objeto de una profundización sociológica sobre cuál es la ubicación en el tiempo del hombre sobremoderno, postmoderno o como queramos autodenominarnos. Sirvan como ejemplos sus siguientes reflexiones:

“Mientras permanecemos dentro del tiempo, tenemos semejantes, con los que nos proponemos rivalizar; en cuanto cesamos de estar en él, ya no nos importa en absoluto lo que hagan ni lo que piensen de nosotros, porque estamos tan separados de ellos y de nosotros mismos, que producir una obra o tan sólo pensarlo nos parece ocioso o descabellado.. (..) El tiempo constituye -no queda más remedio que reconocerlo- nuestro elemento vital; cuando nos vemos desprovisto de él, nos encontramos sin apoyo, en plena irrealidad o en pleno infierno. O en los dos a la vez, en el hastío, nostalgia insatisfecha del tiempo, imposibilidad de alcanzarlo y de introducirnos en él... ¡Haber perdido tanto la eternidad como el tiempo!. El hastío es la cavilación sobre sobre esa doble pérdida. Lo que equivale a decir el estado normal, el modo de sentir oficial de una Humanidad expulsada por fin de la Historia”.

“A fuerza de permanecer sentados al borde de los instantes para contemplar su paso, acabamos no distinguiendo ya en ellos sino una sucesión sin contenido, tiempo que ha perdido substancia, tiempo abstracto, variedad de nuestro vacío” E.M.Cioran, “La caída en el tiempo”, Tusquets Editores.

Como decía al principio, creo que cuando estoy en los no lugares también estoy caído del tiempo.

lunes, 3 de mayo de 2010

Elogio de la hipérbole evanescente o de los nuevos usos de la hecatombe

Marc Augé denomina el tiempo en que nos ha tocado vivir como de “sobremodernidad” toda vez que es el exceso lo que le caracteriza. La “aceleración” de la historia, la multiplicación de sucesos no previstos, constituye un elemento clave a la hora de comprender nuestro tiempo fluido.

“Lo que es nuevo no es que el mundo no tenga, o tenga poco, o menos sentido, sino que experimentamos explícita e intensamente la necesidad cotidiana de darle alguno... Esta necesidad de dar un sentido al presente, si no al pasado, es el rescate de la superabundancia de acontecimientos que corresponde a una situación que podríamos llamar de 'sobremodernidad' para dar cuenta de su modalidad esencial: el exceso”. Marc Augé, “Los no lugares. Espacios del anonimato”, Editorial Gedisa.

Dicha superabundacia de acontecimientos tiene como corolario una lucha constante por la búsqueda de la diferenciación, del logro del impacto, en el marasmo de dichos y hechos. Asistimos a una multiplicación de la singularidad: todo acontecimiento, si quiere atraer la atención, debe presentarse ante la audiencia como nunca antes vivido, superior en el “exceso” a lo anteriormente conocido.

Cada poco tiempo asistimos a un evento que se denomina así mismo como el “acontecimiento del siglo”; las crisis son, en su exceso, superiores a todo lo anteriormente conocido; los nuevos usos sociales (las redes sociales, los proyectos colaborativos, los Ipads de turno, etc.) van/ están cambiando nuestra visión de la realidad y nos proponen entrar en una nueva era prometedora de vivencias y experiencias jamás anteriormente soñadas, etc. Todo parece prometer un distanciamiento de nuestro pasado reciente, de la historia que hemos conocido.

La “sociedad del espectáculo” en nuestra época sobremoderna no busca hacer del simulacro una inversión de lo real, ni tan poco se erige en un analizador de las condiciones de producción/consumo imperantes: cuando lo real es sólo un “momento” de lo virtual, cuando el sentido es sólo un vínculo de lo hipertextual, cuando la “red” se vivencia como expresión de lo social; entonces los términos implosión-explosión colisionan, haciendo emerger líneas de fuga (los excesos del tiempo, espacio e individualización de los que habla Marc Augé) de las que todas las hipérboles actuales son sus manifestaciones más visibles.

La imposibilidad ideológica desde la que se posicionan los “excesos” y las hipérboles (no pretenden instaurar un marco de comprensión desde el que entender la realidad, ni buscan definir cuál es el horizonte temporal/social que dará sentido al actualmente vivido), hacen de lo evanescente la condición de posibilidad de su propia inteligibilidad.

Es en tal sentido, en el que la hecatombe (“el sacrificio de los 100 bueyes”) constituye hoy más que nunca expresión simbólica de nuestro modo de hacer frente a las angustias que nos acechan y caracterizan:

“Cuando vivamos con el sentimiento de que 'pronto' el hombre sólo será hombre, entonces empezará la historia, la verdadera historia. Hasta ahora hemos vivido con ideales, de ahora en adelante viviremos 'absolutamente', o sea, cada uno se elevará en su propia soledad. Y no habrá ya individuos sino 'mundos'” E.M. Cioran, El ocaso del pensamiento. Editorial Tusquets.